Hay una cosa más terrible que la calumnia: La verdad
(Charles-Maurice Talleyrand Périgord)
No sé qué habré podido tomar últimamente que me ha producido, como efecto secundario, diarrea verba e incontinencia oral. Bien es verdad que nunca he sido muy de callarme las cosas aunque, bien es verdad también, que siempre me ha gustado hacer uso de la diplomacia. Pero es que de un tiempo a esta parte, carezco del talento de adornar las palabras y tengo la imperiosa necesidad de decir las cosas tal y como las pienso. Así, sin anestesia ni nada. A pelo.
Vamos, que si antes alguien sufría de halitosis y a mí me tocaba hablar con esa persona largo y tendido, podía hacérselo saber con decoro y disimulo mientras le metía en la boca un puñado de caramelitos de menta. Pero ahora, debido al terrible efecto secundario que sufro, no puedo disimular ni una décima de segundo. Según me aguanto la respiración y hago como que me abanico, le hago saber que su aliento huelo peor que la comida de tortuga.
La semana pasada tuve que hacer unas compras de urgencia y me metí en uno de esas tiendas que abren los 365 días del año (venga, vale, si insistís os diré que la tienda en cuestión era el de el triangulito verde, de la calle tal de Madrid. El caso es que nada más entrar me topé con una enorme estantería con ideas para regalar en el Día de la Madre…
Cual fue mi sobresalto al comprobar que entre tanta horterada tipo cojines en forma de corazón, estuches de maquillajes, aparatos de electromusculación para elevar glúteos y reducir tripa, bisutería barata y CD’s de Eros Ramazzotti, no se hallaba ni un solo libro. Creerme, ni uno solo. Es que ni por error.
Mi problema es que se me ha dotado, entre otras cosas, de una muy buena memoria y, recordé, que para el Día del Padre, esas misma estantería se había llenado de máquinas de afeitar, radios despertadores y libros. Muchos libros.
No pude más que sacar a la feminista que llevo dentro (y que, todo hay que decirlo, suelo tener oculta) y mientras echaba espuma por la boca, maldecía en arameo y ante la mirada estupefacta del dependiente de metro y medio que le tocó soportarme, exigí hablar con el encargado… Y ya puestos, con el encargado del encargado.
Parece ser que, para el encargado de tres al cuarto, a nosotras, mujeres, madres y no madres, lo que más nos gusta hacer en nuestro tiempo libre es abrazar cojines de rayón, enchufarnos a la gimnasia pasiva mientras escuchamos al llorica de Eros Ramazzotti y nos pintamos las sombras de azul celeste. Valiente imbécil.
Daros por defendidas. Porque después de soltar todo tipo de improperios le hice saber que si no añadía un solo libro en la estantería (tal y como hizo para el día del padre) íbamos a salir en los papeles.
Al día siguiente tuve que ir para comprobarlo. Podéis estar tranquilas, nuestro honor está a salvo. No eran muchos los libros que el imbécil había ordenado poner, pero menos daba una piedra. Súper Kiku, defensora de los derechos humanos, había hecho su buena acción. Por el rabillo del ojo pude comprobar como el encargado no me quitaba ojo, creo que con cara de “pobrecilla, está loca” pero esa noche dormí como una bendita.
Pero ése es sólo un pequeño ejemplo. Mi necesidad de decir lo que pienso y de aderezarlo con palabras malsonantes, ha ido mucho más allá.
Si antes alguien se atrevía a comentarme que tenía mala cara, corriendo me iba al baño e intentaba solucionarlo. Pero ahora, soy otra, y el destino hizo que la misma petarda de siempre se cruzara en mi camino para volver a decirme que no tenía yo mi mejor fisonomía. Como dios me quedé cuando le solté algo sobre su analfabetismo incurable y que hiciera el favor de comerme el miembro viril que desgraciadamente no tenía.
Decir palabrotas es una gran terapia. Os lo recomiendo con vehemencia… Según echo un sapo y una culebra por la boca, siento que me quito tres kilos de encima y que soy invencible y todopoderosa. Tenemos una lengua rica en lo que a tacos se refiere ¡hagamos uso de ésta riqueza lingüística!.
Hoy, que visto un precioso vestido globo de no se que diseñador, alguien ha tenido a bien el decirme que era raro y de harapienta. Craso error. Haciendo uso de mi riqueza lingüística malsonante y gracias a su comentario desacertado, por fin he podido decir absolutamente todo lo que pienso de ella, empezando por reconocer que fui yo y solamente yo, la que le bauticé con el apodo de “Repu la cerda”.
Está feo decirlo, pero cuando ha roto a llorar, sólo he podido sonreír de medio lado y encenderme un cigarrillo. Hay placeres que no se pagan con MONEY.
En fin… que voy a darme una vuelta por el blog de MARISA Y EL MUNDO, a ver si se me pega algo de bondad…



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