El año pasado comencé el año con un paseo. Acercarme al Retiro es algo que hago, cuando lo hago en soledad, como una especie de terapia. Siempre acompañada de un libro, que en ocasiones como hoy, no llega siquiera a salir del bolsillo. Pese a que habitualmente está demasiado lleno de gente, yo procuro aislarme del mundanal ruido y deambulo por lugares menos transitados. Hoy a diferencia de otros días del año, el estanque estaba sereno y plácido. Las barquillas que habitualmente lo salpican estaban cómodamente disfrutando de un día de relax amarradas unas a otras y a su vez al embarcadero, donde casi siempre, alborozados, suelen esperar su turno los forasteros que con pretensiones dispares, ansian ser brumetes de barcos piratas, bellas señoritas que esperan ser asaltadas por aguerridos compañeros, que se lanzan a los remos con intención de ver recompensado su afán de conquista o simplemente, pequeños marineros, cuyos sueños se hacen realidad guiados por las órdenes del abuelo-capitán que dirige las maniobras. Pero eso..., eso solo acontece un día cualquiera en el parque. Y hoy, hoy no es un día cualquiera.
Hoy es un día para disfrutar de la esencia misma de lo que es. Un remanso de paz y naturaleza imbuido en el centro de la ciudad. Y por eso precisamente, los quioscos estan casi todos cerrados,, los artistas y músicos, de resaca. Los visitantes, no demasiados, aunque siempre muchos para mi gusto, pasean sin demasiada alegria. Y yo, en vista de la paz reinante, decido sentarme en el muro del estanque a contemplar el día. Y de pronto me di cuenta que llevaba un rato observando las formas de los árboles que me rodeaban. Y pensaba en la majestuosidad de algunos, centenarios, contemplo el ir y venir de tantos viandantes, deambulando a sus pies sin que nadie les dirija la mirada. Y son, realmente hermosos.
He caminado así, con la vista puesta en sus copas. En sus troncos. Día a día somos, indiferentes a los tesoros escondidos en un parque no cualquiera de una gran ciudad, como MADRID.......
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