domingo, 31 de julio de 2011

DELICATESSEN...........


La mujer es un manjar digno de dioses, cuando no lo cocina el diablo
(William Shakespeare)
La semana pasada me dio por ser una cocinitas, qué le vamos a hacer, fue mi aire de última hora.
De pronto me obsesioné con ser una perfecta ama de casa de los años 50. A pesar de que siempre he mantenido mi casa ordenada y limpia, en lo que respecta a la cocina, ella y yo nunca hemos sido grandes amigas: la uso lo justo y necesario para alimentarme de forma rápida y sencilla (o lo que es lo mismo: usando el microondas).
Pero tuve la imperiosa necesidad de invitar a un tropel de personas a cenar en mi casa. Y no quería que fuera una cena cualquiera: quería cocinar para ellos, demostrarles mis (desconocidas) dotes culinarias. Asombrarles con ricos y elaborados platos, exquisitos entrantes, deliciosos postres… quería verles chuparse los dedos, que se chuparan unos a otros y que me alabaran y me dieran las gracias por haberles hecho descubrir un sin fin de delicados y nuevos sabores.
Quería que vivieran un verdadero placer gastronómico. No podía ser tan complicado; cosas peores había hecho.
Después de horas consultando recetarios, libros de mi madre, recetas por Internet, etc,, decidí el menú: una cosa sencillita, “solamente” iba a hacer:
Entradas: Bocaditos orientales, Porridge y compota de frutos secos y albondiguillas Frikadeller (¿quién carajo sabía lo que era “Frikadeller”?, pero sonaba tan bien…)
Primer Plato: Filetes de pez espada al jengibre
Segundo Plato: Faisán asado con ciruelas y pasas
Postre: Strudel de melocotón y almendras y sorbete de arándanos rojos
Hice la lista de la compra con los ingredientes necesarios, tres cositas de nada: tan sólo eran 2 folios escritos por las dos caras.
La primera en la frente fue una vez llegué al hipermercado. Una vez obtuve el carro (conseguirlo no fue tarea sencilla), me di cuenta de que no sabía manejarlo. Después de estrellarlo contra 3 estanterías y atropellar los pies a dos señoras que me insultaron sin compasión, me dispuse a llenarlo con todo lo necesario.
Dos horas más tarde, lo tenía prácticamente lleno y segundos después, me di cuenta de que no había echado prácticamente nada de lo que necesitaba.
A partir de ahí, un baile de despropósitos. Me di cuenta de lo siguiente:
- No sabía diferenciar los tomates para ensalada del resto de tomates (maldito racismo)
- Parece mentira, pero los puerros y las cebolletas son prácticamente iguales
- El jengibre es el comestible mas feo del mundo
- No sabía dónde buscar el requesón (¿qué tenía que buscar? ¿un queso muy grande?)
- El carro se pierde con mucha facilidad
- ¡¿Por qué carajo tengo que cogerlo y pesarlo yo todo?! ¡¿Dónde están los fruteros de antaño?!
Y en medio de la sección de embutidos, entre chorizos y butifarras, tuve una crisis de ansiedad (soy muy dada a sufrirlas, que todo hay que decirlo).
No sé cómo ni por qué, comencé a cuestionarme mi vida:
- Si no era capaz de diferenciar mi carro del resto de carros y un día llegaba a ser madre, ¿cómo iba a diferenciar el carro de mi niño del resto de carros de los otros niños?.
- Si me confundí tres veces y cogí tres carros diferentes, ¿quién me garantizaba que, en un futuro, no iba a coger el carro de otro niño dejando al mío en manos de vete tú a saber quién?
- Si un día era madre y tenía que volver a hacer la compra ¿cómo iba a conducir dos carros a la vez?
Y sobre todo: ¡¿por qué el jengibre era tan feo?!
Pero a pesar de todas las inclemencias, yo seguí con mi plan de hacer una cena espectacular…. Y llegó el día D y la hora H.
6 horas antes  me dispuse a prepararlo todo. 2 horas después volvió a darme otra crisis de ansiedad.
Ahora me pregunto cómo se lo ha montado mi madre todo estos años para preparar cenas de nochebuena, navidad, cumpleños, etc y que le saliera todo tan rico y tan bien y, sobre todo, cómo nunca acabó ingresada en un psiquiátrico.
Ahora me pregunto cómo se lo montó mi madre para darnos de cenar y comer a todos, y que lo hiciera todos los días del año.
Ahora me preguntó por qué mi madre nunca insistió en enseñarme a cocinar.
No puedo describiros el horror que vivió mi cocina: fue digno de película de terror. Tampoco me siento capaz de haceros entender mi estado de nerviosismo, creerme si os digo que la niña del exorcista a mi lado era la Madre Teresa de Calcuta.
Lo que sí es verdad, es que he llegado a una conclusión: la cocina está hecha para los que saben hacer varias cosas a la vez: trocear alimentos y manejar diferentes fuegos; atender  el horno y batir huevos; fregar cacharros y hacer rebozados; limpiarte las manos y abrir la nevera; etc…
Es justo eso lo que debo de perfeccionar, porque yo hago cosas a la vez, pero no debo de hacerlo con toda la rapidez necesaria: hablo por teléfono y fumo a la vez; veo la tele mientras me pinto las uñas de los pies; camino por la calle y veo escaparates…

Esa noche mis invitados cenaron y efectivamente descubrieron nuevos sabores (principalmente a carbonilla). Pero no vamos a engañarnos, todo lo que puse fue una porquería y sólo el aspecto daba ganas de vomitar. No tuve grandes halagos ni me besaron los pies, pero agradecieron mi esfuerzo. Tan sólo un invitado se aventuró a decir algo desagradable y lamentablemente (y por los puntos que le han tenido que dar en el labio), no podrá usar la boca en las próximas semanas con normalidad.

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