miércoles, 20 de julio de 2011

ENVIDIA COCHINA

Si hubiera un solo hombre inmortal, sería asesinado por los envidiosos(Chumy Chúmez)

Soy una envidiosa. Es triste pero cierto.
Para no sentirme tal mal con este sentimiento que sufro a diario, me he dicho muchas veces eso de que es “envidia sana”. Pero no me lo creo ni yo, la envidia sana no existe: la envidia es insana por naturaleza. Y si no me creen, repasen conmigo los pecados capitales. Les recuerdo que la envidia ocupa el quinto lugar; eso no es ninguna tontería.
De pequeña envidiaba a una niña de mi clase porque tenía un soplo en el corazón: eso le hacía delicada y además podía saltarse la clase de gimnasia. A mí esa enfermedad me parecía lo mejor que te podía pasar. ¡Yo también quería tenerla!.
También envidiaba a los que se partían los huesos porque les ponían escayolas. Para mi desgracia, nunca me rompí nada, aún tirándome a conciencia desde la ventana de mi clase que estaba en un primer piso. Ilesa perdida me quedé (y castigada 3 meses sin recreo, lo cual, no era nada envidiable).
Sin mencionar lo que he envidiado los aparatos en los dientes, la deformidad del brazo de la hija del portero (no lo podía estirar del todo y a mí me gustaba como le quedaba) y hasta envidié, que a una vecina se le quemara la casa: entraron los bomberos en tropel a rescatarla y además, con lo que cobró del seguro, pudo redecorarla.
¿Soy un ser anormal o una envidiosa perdida? (que no una perdida envidiosa). Supongo que ambas cosas.
El otro día, mi compañero de cama, pasó una noche terrible: Se la pasó vomitando y con diarrea. Prácticamente hacía las dos cosas a la vez (para que luego digan que los hombres  no pueden). Así, a bote pronto, parece que una gastroenteritis con vómitos incluidos no puede ser nada envidiable, pero lo es… puede llegar a serlo… y mucho.
Se creía morir. Se levantaba cada cinco minutos, mareado, con sudores fríos, retorciéndose en la cama. Según él, estaba viviendo un calvario.
Por la mañana llamó a su oficina y dijo que no iría a trabajar y, el muy cruel, lo hizo nada más sonar mi despertador. Sinceramente, me puse verde de envidia (por lo que me puse zapatos rojos, combinaban muy bien).
¿¡Por qué tenía yo que madrugar y él quedarse en la cama todo el día!? ¡Yo también quería ponerme mala y no ir a trabajar! ¡Yo también quería!. Además, era justo lo que necesitaba para quitarme un par de kilos enquistados.
A mediodía le llamé para ver que tal se encontraba y con un hilito de voz, me contestó que muy mal. Que de su cuerpo ya sólo salía un liquidito, que no tenía nada más que expulsar, que tenía fiebre y que estaba enganchado a una botella de suero oral que sabía a rayos.
Un quejica, pensé, éste no sabe lo que es un dolor de ovarios. No hay un solo mes de menstruación que no desee con todas mis fuerzas que la naturaleza de un giro y que los hombres sufran dismenorrea crónica. Algún día de estos se cumplirá mis deseos y vendrá Paco con las rebajas.
Cuando llegué a casa, después de una larga y agotadora jornada laboral, me le encontré tumbadito en el sofá, viendo el Diario de Patricia, tapado con su mantita y reclamando mimos y atenciones. ¿Eso era estar enfermo? ¡pues yo también quería!.
- Él: La cena de anoche me sentó mal. Creo que el pescado estaba en mal estado
- Yo: No puede ser, yo cené exactamente lo mismo que tú
- Él: Pero a ti nada te sienta mal, aunque te comas un bocadillo de moho…
¿¡Por qué el tiene que tener un estómago delicado y yo no?!.  ¿Por qué? ¿Qué hice en mi vida anterior para que se me haya castigado con un tubo digestivo a prueba de bombas?
- Él: No te tomes mi suero que casi no me queda…
- Yo: ¡Yo también quiero tomarlo! ¡EGOISTA!
Esa noche él no cenó, pero yo me preparé una suculenta cena:
- Las sobras del pescado del día anterior
- Dos yogures caducados
- Un manzana pocha
- Un vaso de horchata (de una botella abierta desde antes de irnos de vacaciones)
Me senté a ver la tele y a esperar mi gastroenteritis.
- Yo: De esta me pongo mala seguro. Dame muchos besos con lengua, con suerte es vírico y me lo pegas.
- Él: Ya estás enferma, pero de la cabeza.
Mi enfermedad no llegó. Al día siguiente me desperté con la esperanza de encontrarme fatal, pero estaba como una rosa. Sin embargo, él seguía deshaciéndose en el baño.
Para colmo de males, al día siguiente, me llamó mi amiga.
- Ella: Me han dado un golpe en el coche por detrás. Me han puesto un collarín
- Yo: Jo, que suerte… siempre he querido llevar uno…
Seguro que me castigan los dioses y me pongo mala el jueves que tengo una súper fiesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario