lunes, 18 de julio de 2011

LA MADRE QUE PARIO A LA NATURALEZA

El sexo forma parte de la naturaleza. Y yo me llevo de maravilla con la naturaleza(Marilyn Monroe)

Si tenía alguna duda de cual es mi lugar en la tierra, estas vacaciones me han sacado de toda incertidumbre: mi lugar está allá donde encuentre asfalto. En este mundo tiene que haber de todo, mire usted.
Recorrer la costa oeste de los Estados Unidos ha estado muy requetebién.  Hacerlo en un descapotable ha sido fantástico. Dormir en ciertos moteles, disfrutar de sus playas, cruzar el desierto, asombrarse con sus impresionantes escarpados y acantilados ha sido una auténtica gozada. Descubrir pueblos que parecían sacados de un cuento, ciudades semejantes a películas de terror y otros lugares que, te hacían sentir estar dentro de una película del viejo oeste americano, ha sido, cuanto menos, harto interesante.
Pero hacerse tropecientos mil kilómetros para disfrutar de la madre naturaleza tiene su gracia las primeras 24 horas o incluso las primeras 48. Pero a mí, más de tres días mirando piedras me pone nerviosa. Muy nerviosa.
Pero es lo que tiene viajar en pareja y, lo que tiene también, el haber decidido absolutamente todas las vacaciones anteriores, que una se tiene que callar y tiene que dar su brazo a torcer. ¿Qué quieres ver piedrecitas, mi amor? ¡pues vamos a ver piedrecitas y subirlas, si quieres, pues también!.
Sabía que no iba a ser tarea sencilla, pero nunca imaginé que la naturaleza, el campo, la biósfera, el ecosistema, el medio ambiente y el verde en general, conseguirían sacarme de mis casillas. Yo, que soy  menos de campo que una impresora, puse todo mi esfuerzo y buena voluntad, pero no pude con ello, el entorno fue más fuerte que yo.
Cuando ya le había cogido el ritmo a los americanos en esas dos cosas que saben hacer tan bien: comer y comprar, de la noche a la mañana, me vi rodeada de vegetación en todo su esplendor.
La flora y la fauna americana me abrazaban, pero yo me resistía a dejarme querer.
Es motivo de ruptura que existan dos opciones para dormir en un parque natural y que tu amado, en un ataque de sentirse John Wayne, reserve la peor:
Modalidad a): dormir a todo trapo en un mega hotel con todas las comodidades.
Modalidad b): dormir en una cabaña sin más lujo que una bombilla, una cama y el peligro de despertarse y ver que tienes a un oso negro relamiéndose mientras se afila las garras.
Quise asesinarle en mitad del parque, pero un Ranger me detuvo.
Cuando, con la voz entrecortada, me comunicaba que las duchas y baños eran compartidos, pensé que nada peor me podía ocurrir. Pero la madre naturaleza aún me tenía algo reservado: la regla, menstruación o periodo, como quiera usted llamarlo. En ese mismo instante me sentí más mujer que nunca y, según le escuchaba, notaba como la madre naturaleza bajaba por la parte interior de mis muslos convirtiendo, a su paso, en color madre naturaleza lo que antes era  blanco inmaculado.
Es fantástico ser mujer. Sobre todo en el campo. Yuju.
¿Cómo explicarle a un tío que estar con la regla en mitad de la nada, no mola y que, además, no es aventurero?. ¿Cómo explicarle a un hombre que hacer una excursión de 12 kilómetros cuando te estás desangrando no es divertido?. ¿Cómo explicarle, que yo disfruto de la naturaleza tumbada en una roca, mirando al cielo, escuchando a los pájaros hacer pío-pío y que yo no siento la necesidad de llegar hasta lo alto de una cascada para sentirme mejor persona?.
Me resultó imposible hacérselo entender. Imposible.
Pero el amor es lo que tiene. Te hace hacer una ruta para expertos cargada de tampones, toallitas húmedas, ibuprofeno y todo tipo de artilugios que ayuden a que la ruta sea algo más cómoda y confortable.
En la cima, con un pulmón en cada mano y dos kilos menos, mi querido John Wayne me sermonea con un rollo sobre el esfuerzo y la recompensa. Yo asiento mientras reprimo las ganas de empujarle por el precipicio. Reservo mis fuerzas. La “buena” noticia es que ahora tengo que bajar todo lo que he subido. Yupi.
¿Hay algo peor que hacer tus necesidades en una apestosa fosa séptica?: sí, esperar una cola de una hora para darse una ducha en el lugar donde se ha duchado antes que tú, cientos de personas (con vete tú a saber que tipo de enfermedades en la piel y otras partes del cuerpo).
Miren señores, yo estoy hecha para el lujo y el esplendor, no para cutreces ni para pasear mi neceser de kilo y medio por todo el parque de Yosemite. Me siento fuerte e independiente cuando tengo la tranquilidad de que el baño es mío y sólo mío y sobre todo, me siento bien, cuando puedo ir al baño sin la necesidad de cruzar un bosque, linterna en mano y aterrada ya que, conociendo mi sentido de la orientación, sé que lo mejor que me puede pasar es que me pierda y que una pantera se haga un sándwich conmigo.
¿Saben ustedes qué es lo que le ocurre a una fumadora empedernida cuando pasa unos días en un parque nacional americano donde creen que los fumadores somos terroristas?. Pues que lo pasa mal, muy mal. Que se pasa el día escondiéndose de los Rangers, fumando entre matorrales, guardándose las colillas en los bolsillos y con el miedo en el cuerpo porque sabe que, de un momento a otro, la van a pillar, la van a torturar y la van a poner una multa de mil millones de dólares como mínimo.


Así que así pasé varios días de mis vacaciones, escondida tras sequoias gigantes para poder fumar con algo de tranquilidad, dejándome la vida subiendo montañas, paseándome en mitad de la noche en camisón cargando con mi súper neceser y yendo de un lado a otro con el portátil y el cargador del móvil buscando un maldito enchufe que me hiciera comprobar  que seguía existiendo la corriente alterna. Sin olvidarse de los pelos encrespados y la piel hecha escamas de mal ducharme en baños compartidos.


A mí me gusta más la (buena) creación humana. La otra, venía de serie.

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